sábado, 22 de agosto de 2009


Allí estaba yo,
sentada en una banca abandonada,
sintiendo la brisa recorriendo mi cuello,
azotando mi piel de una forma suave y pausada.
Había lluvía esa tarde,
la neblina me hacia sentir cada vez más sola.
mis labios helados y mis manos para que decir, congeladas.
escucho el silencio en el lugar,
varios tonos de angustia y dolor perturbaban el ambiente.
a mi lado posa un árbol,
debe tener sus 100 años,
está bien maduro,
tiene pinta de depresivo,
verlo me angustia aun más.
las horas pasan,
y yo sigo ahí,
como si no tuviera destino alguno,
debe ser por que es así.
cuando decido continuar mi camino,
camino por un lugar lleno de armonía,
de repente no veo el suelo y piso sin darme cuenta una pena de alguien más,
como siempre, recogiendo dolores ajenos, este no ha sido la acepción.
gran pena me he llevado,
ahora tendré que hacerme cargo.
sigo el paso de la desolación,
llego a un punto determinado donde ya no quiero ver más este cielo nublado,
sin estrellas guíandome en la oscura soledad.
busco y sigo buscando algo con que llenar este vacío,
solo quiero tapar el agujero que nunca cicatrizó..
encuentro una flor,
pero me entierro la espina que la mantenia protegida,
aquí ya pasó alguien,
derramó sus lágrimas en la flor que sostengo con mi mano,
otra vez cargo con algo ajeno.
quiero encontrar mi propia angustia,
la siento cada vez más cerca,
pero con esta ceguera no la encontraré jamás.
cuando la lluvía se detiene,
la niebla se aleja cada vez más,
y las estrellas reaparecen en mi camino,
logro ver un faro a lo lejos,
me encamino hacia el.
al llegar noto que la luz que mantiene iluminada la calle guarda un secreto,
con mi curiosidad alcanzo este,
y encuentro que alguien ya estuvo aquí,
esta vez no me meto,
sigo mi camino,
no puedo seguir buscando entre cajones los sentimientos que nunca hubo.
al llegar el día,
sale el sol,
y veo por mi ventana un rayo pidiendo perdón,
perdón por haber robado mi secreto,
secreto que salió a la luz...

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